Los animales diseñan mecanismos de supervivencia que van en armonía con su entorno, con el andar y las manías de sus depredadores, y con sus propias capacidades. La zarigüeya, por ejemplo, se hace la muerta. Despide un olor nauseabundo, el hedor de su propia muerte. Se pone rígida, sus signos vitales se ralentizan y evita, con suerte, que se la coman. A mí me intriga pensar que los humanos hacemos lo mismo. No siempre, exactamente como la zarigüeya, pero cada humano o grupo de humanos se las arregla para evitar que algo más grande se lo devore.
Así andamos por la vida, y con suerte como la zarigüeya, tampoco nos comen. Nos repetimos “camarón que se duerme se lo lleva la corriente” o “el que espabila, pierde”. Hay quienes madrugan esperando la ayuda de Dios, o quienes se prohíben tajantemente dormirse en los laureles. Algunos corren, compran armas, hacen rezos, pagan mandas a vírgenes y santos, adquieren seguros de vida, ponen botellas quebradas en el borde de la pared del patio, viven con ollas y calderos detrás de las puertas, que hagan alboroto si alguien decide entrar por la fuerza. Hay tantas variantes como humanos.
En La Mojana colombiana, habita una entre muchas especies, producto de una evolución particular. Acostumbrada y adaptada, biológica y socialmente a aguantar. Los dueños del aguante. Los aguantadores. El historiador Orlando Fals Borda, los bautizó como *“hombre-hicotea”. *Mitad humano, mitad emídido.
La hicotea, por su parte, ha aprendido diferentes estrategias para bandearse en los ríos, humedales y ciénagas de La Mojana. Lo mismo hace el hombre*-*hicotea. Ellas, por su parte, cuentan con una coraza dentro de la cual retraen la cabeza y las patas. Su color y su patrón singular, logra que se mimetizan en el agua y el barro de su ecosistema. Tienen una mordida filosa, y a diferencia de otras tortugas, son ágiles, avispadas y veloces. Tan avispadas que en temporada de sequía, cuando los humedales y el barro se secan, para sobrevivir a las altas temperaturas y escapar de la vista de los depredadores, escarban con sus garras el barro todavía húmedo y se entierran vivas. Racionan el agua, y logran apagar casi, cual máquinas, sus organismos. Para acostumbrarse a necesitar poquísima agua, poquísimos nutrientes, poquísimo oxígeno, y así aguantan, hasta que vuelven las lluvias y pueden volver a ser hicoteas con todas las de la ley.
Según Borda, los campesinos y pescadores de la región, han aprendido a hacer lo mismo. Aguantar. Cuentan mitos y leyendas, noticias verificadas, historiadores y te lo cuento yo sin mucho detalle, que han sobrevivido a embates de la naturaleza, de una violencia atroz y del aislamiento.
La región ha sido el escenario de algunas de las peores crisis hidrometeorológicas del país, porque ya sabemos que al perro más flaco se le pegan las garrapatas más gordas. Es una depresión natural de amortiguación donde se encuentran los ríos Magdalena, Cauca, San Jorge y Nechí. Por lo que su historia, ha consistido en una lucha a pulsos entre el agua y la tierra a ver quién aguanta más, una lucha en la cual el hombre-hicotea con su mujer e hijos hicoteas, ha quedado en medio. Sin embargo cabe aclarar que esa pelea es relativamente reciente, ya que en el tiempo de la ingeniería Zenú, hace unos 2.000 años, sus canales hidráulicos y camellones, dejaban al agua ser agua. Permitiendo que fluyera, como la sangre en las venas de un cuerpo vivo, porque eso es lo que es esta región nuestra. Un cuerpo ahora, con venas taponadas, que se revientan y arrasan con casas, cultivos, vacas y todo lo que pueda.
En temporada de lluvia, los zenúes tenían canales perfectamente diseñados para pescar, por los que el agua entraba como viniese, rabiosa o serena, y se regresaba por el mismo camino. En temporadas de sequía tenían entonces suelos fértiles para sembrar, gracias al desfile milagroso del agua. El aguante no estaba entre la forma de vida zenú, no tenían por qué, su relación con la tierra y el agua llevaba implícito un acuerdo funcional. Pero la colonización modificó la relación de los anfibios con su tierra, y junto con la ganadería extensiva, la minería ilegal y la tala de árboles, logró taponar con sedimentos los canales zenúes de los que solo queda una huella que se observa desde las alturas. Siendo reemplazados por muros y cemento que la fuerza incontenible del Cauca rompe de tanto en tanto. Mientras, nosotros nos convertimos en mitad hicotea y aprendimos a aguantar todo lo que vino después.
Aguantar también el abandono estatal y la desigualdad estructural. Aguantar que en la tierra del agua, falte agua potable porque no hay infraestructura, ¿y qué hacer? pues dejamos espacio para albercas, tanques o pimpinas en las casas. Y como las hicoteas nos acomodamos con eso porque eso es lo que hay que hacer.
Aguantar que el 83.3% de la gente viva en condiciones de pobreza (PNUD), que vivan del día a día. Batallar con el hambre, y hacer arreglos con el cobradiario. Ser los que viven del rebusque. Aguantar el desbalance de una asimetría histórica, que va más allá del clima y el agua, que nace de la brecha que separa a quienes poseen la tierra. Que *unos **pocos **señores *tengan *mucha **tierra *fértil para regar vacas, secando caños y humedales para ampliar sus linderos. Y que *unos **muchos *campesinos tengan *poca *tierra, vulnerables cuando el agua con los otros desviaron se les venga encima. Comiendo con la idea del cielo, del paraíso, para no reclamar la tierra.
Aguantar que la violencia como el agua se meta en todos lados. Y sea el tema que moja a todos, pero del que no se habla. Aguantar el silencio y el olvido, para seguir adelante después de cuanta cosa, cada una peor que la anterior y de alguna forma cíclica y redonda, como lo son todas las cosas atroces, cada una peor que las demás.
Aguantamos, como hicoteas, con la cabeza enterrada en el barro. Esperando que el agua se vuelva a llevar todo para empezar de nuevo.
Pero yo no sé mucho de hicoteas. No sé si ellas emergen renovadas. O secas como están no tienen fuerzas para quejarse así que por eso es que aguantan. Lo que sé es que en Semana Santa en mi pueblo las cazan, aprovechándolas enterradas y adormiladas como están, y son finalmente demandadas por todo tipo de paladares. Hicotea que se duerme…
Pero entonces, ¿cuál es el parecido de los humanos anfibios y las hicoteas que se comen? Quizá que en nuestra manía de aguantar, eventualmente también nos comen.




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